Lo virtual se volvió virtud
- laorianavirtual
- 5 jul 2020
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Actualizado: 5 jul 2020
Últimamente llevo viviendo gran parte de mi vida de forma virtual; mis clases ya no tienen pizarra y los debates entre compañeros y compañeras están debilitados, mi quehacer teatral está ingeniándose formas para resistir, y ni hablar de las ahora inexistentes juntadas donde el mate era el antídoto de la distancia. Es claro que la distancia física no impide que sigamos construyendo lazos afectivos. Una gran mayoría de mis relaciones interpersonales ya sucedían a través de mensajes, audios y videollamadas, sin embargo, la comunicación no es completa, pues el 85% de la información que recibimos los seres humanos la obtenemos por medio del lenguaje no verbal.
La exposición regular a las pantallas adelgaza nuestra corteza cerebral, y en este contexto de cuarentena estamos sobreexpuestos, porque el vacío de la presencia del otro u otra y de no habitar diferentes espacios físicos, se ha intentado llenar con fervor a través de los dispositivos tecnológicos.
En los años 20 del siglo pasado, el mundo se transformó radicalmente; los electrodomésticos se popularizaron, estuvo en auge pavimentar con cemento, y extraer del caucho amazónico el tan usado plástico. Pero de un tiempo para acá, desde el surgimiento del internet (su valor consiste en su capacidad para enlazar cualquier información desde cualquier sitio) el comportamiento humano también se transformó notablemente, la omnipresencia de la tecnología digital (4 de cada 10 personas tienen acceso a internet) afectó los hábitos individuales y sociales.
Somos una sociedad que gracias al Big Data no actúa sobre el impacto sino sobre la probabilidad; la inteligencia artificial se encuentra dotada de una triple facultad: interpretar, sugerir y emprender acciones sin consultarnos, lo que a mí más que maravillarme me asusta, dado que nuestra libertad de tomar decisiones poco a poco queda neutralizada. “La inteligencia artificial va a proceder progresivamente a guiar la decisión humana. La agencia McKinsey llegó a la conclusión de que el 40% del trabajo que actualmente realizan los seres humanos será automatizado por las tecnologías existentes, y que eventualmente el porcentaje será mayor. Andy Kessler, inversor de capital de riesgo, afirmó que el mejor medio para crear productividad es «deshacerse de la gente»” (Revista Nueva Sociedad, Nº 279 del 2019).
¿Acaso este es el futuro que soñamos? Hitoshi Matsubara, informático japonés y profesor en la Future University Hakodate, hizo posible que la inteligencia artificial redactara un texto literario titulado El día en que una computadora escribió una novela, el cual fue seleccionado en un concurso de novelas por un jurado que ignoraba su origen.
Theodore protagonista de Her (la película de Spike Jonze), nos muestra la posibilidad de que nuestros sentimientos surjan frente al estímulo de un asistente digital. Tal como Siri (asistente del hardware Apple Inc), que puede pasar a ser una acompañante de vida. Demostrando así que las personas necesitamos compañía, aunque esta sea de origen artificial. Y con los acompañantes tecnológicos se instaura otro género de alteridad que no hace sino responder a nuestros supuestos deseos y que esta diseñada para guiarnos, divertirnos o consolarnos. Una alteridad sin rostro y sin cuerpo, que se sustrae a toda confrontación o a todo conflicto y que solamente está consagrada a ofrecernos «lo mejor» en cada instante (Siri nunca está cansada, irritada o distraída).
De esta manera, nuestra virtud será despojarnos de las prerrogativas históricas para delegárselas a sistemas más aptos que ordenen perfectamente el mundo y nos otorguen una vida libre de imperfecciones. Esto será un “privilegio” más para las clases privilegiadas, pues sobra decir que hoy día siguen habiendo personas en el mundo, y en nuestro entorno cercano que no tienen acceso siquiera al agua potable, que irónicamente parece tener menos valor en esta sociedad dependiente de los aparatos electrónicos.
La vida se amplía o se reduce mediante lo virtual según la perspectiva con que se pueda o quiera tomar. Estar en dos lugares al mismo tiempo, diría que es imposible, pero de manera extraña los circuitos electrónicos a través de estas pantallas de cristal líquido lo permite, pues estamos en casa y a la vez en otro espacio, sea un cumpleaños, una exposición, una reunión o bien, asistiendo a una clase. El no compartir un lugar físico nos crea una nueva lógica de experiencia, hace que la virtualidad (que consideramos no real) sea real como marco semántico de nuestras vidas al constituir nuestra realidad. Somos seres sociales, y pese a la pseudo presencia que genera lo digital acercándonos a lo que tenemos lejos, es inevitable no sentir el vacío que genera el distanciamiento social; ya se sabe que la tecnología es necesaria pero no suficiente, la cual debería ser un medio y no la finalidad.
De igual forma se volvió virtud saber manejar las redes sociales y los dispositivos móviles, lo cual es lógico, pues en la era digital el éxito personal y profesional se basa en una buena presencia digital y una actividad constante en las redes sociales, ya que paradójicamente al alejarnos de esta dinámica debemos asumir un aislamiento social…
Ojalá no se nos olvide que no hay virtud más grande que nuestra presencia física en un tiempo y espacio determinado, porque esto es lo que viene siendo nuestra vida, un tiempo determinado habitando la Tierra.
Referencias:
Libro: Ser digital, hacia una relación consciente con la tecnología, de Manuel Ruiz del Corral, editorial Kolima books.



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