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KIKE

Actualizado: 20 ago 2023

Cerró la puerta, casi con suavidad, y respiró el aire de la mañana. Empezó a caminar y no se dio vuelta ni una vez. Se alejó de la casa materna. La puerta la sintió pesada y a las flores del ante jardín las había quemado el sol. El cielo brilló y las nubes desaparecieron.


—Traiga la mínima cantidad de cosas– le dijo el lanchero con el que había quedado de encontrarse. El peso hace que avancemos lento y yo necesito ir y volver del puerto antes de medio día.

—Está bien. Haga espacio para los patacones de desayuno— respondió ella y el lanchero le devolvió una sonrisa.


La noche anterior no pudo conciliar el sueño. Se fue a la cocina y cortó el plátano para freír al día siguiente. Su abuela le había enseñado a preparar patacones de plátano maduro en el horno, pero ella prefería los patacones de plátano verde y fritos. Pensó en viajar ligero y con la panza llena. Se asomó a la ventana y vio el cachito de luna, o la luna sonriente como le decía su abuela. Se acordó de las mermeladas de coco que ella le preparaba en fechas especiales: la receta se diferenciaba de otras porque se escribía en la cáscara de coco un deseo distinto, la cáscara se ponía en el fondo del frasco de vidrio, se vertía la mezcla y antes de taparlo se decoraba con hojas de menta.


—Irme— se sorprendió diciendo en voz alta. Se fue por una hoja de papel y escribió: deseo irme con todo. Deseo que las personas no se vayan de mi. Deseo que no me olviden. Deseo olvidar a Kike.


Se acordó de Kike, su perro. Ella era pequeña y se sintió extraña con ese nuevo integrante de la familia. Ella quería otro hermano, el suyo se había ido hace meses y lo extrañaba. Durante varios diciembres le escribió una carta al niño Dios deseando otro hermano que jugara con ella. Tanta era la insistencia que una nochebuena, la madre le dijo–: Adoptamos este perro de tu mismo tamaño para que lo puedas cuidar, así como lo hemos hecho contigo.


La primera noche con el animal en la casa ella tampoco pudo dormir. Se quedó en vela observando a su nueva compañía. Le resultaba raro cuidarlo cuando su pedido había sido un hermano que jugara con ella. El cachorro de pelo dorado dormía la mayor parte del tiempo, se dejaba hacer casi cualquier cosa menos que le acariciaran la panza. Cuando las manos de ella se acercaban a ese lugar de su cuerpo diminuto, el mamífero la mordía con sus dientes indefensos. Los días fueron pasando y ellos dos se fueron conociendo más. Su abuela cuidaba a su mamá, su mamá la cuidaba a ella, y ella cuidaba a su perro, pero la rutina de servirle comida, de sacarlo a pasear y de escuchar a su mamá gritar cuando el pequeño animal dañaba algo la cansaron. Un día le abrió la puerta de la casa para saliera a jugar solo. No paso mucho tiempo cuando escuchó un aullido muy fuerte, un grito casi humano: habían atropellado a Kike. Su corazón empezó a latir muy fuerte pero no podía llorar.


—Volver— dijo en alta y dejo quieto el pensamiento de su recuerdo.

No voy a volver—concluyó. Doblo la hoja y se asomó nuevamente a la ventana. Estaba amaneciendo. Se tocó el vientre y afirmo que su única opción era irse para no morir. No quería quedarse en el caserío como todas las mujeres de su linaje, y sabía que un hijo la condenaría a morir ahí. Quedarse era condenarse a ser mamá, a tener otro Kike en su vida. Llevaba un par de semana de atraso, y la mujer que practicaba los abortos estaba lejos, tenía que irse sin levantar sospechas.


Durmió y cuando se levantó se dio una ducha rápida: un minuto para mojarse, otro para enjabonarse y otro minuto para enjuagarse. Frito los patacones, los envolvió en una hoja de palma y los metió en su mochila. Para ese momento su abuela y su madre estaban en misa. Sobre la mesa del comedor había platos sucios, una jarra de limonada casi vacía, la mantequilla estaba abierta y había un frasco de mermelada sin abrir, lo agarró y salió.


Con cada paso que daba, las hojas de las palmas de coco le decían adiós, no quiso volver a ver la casa. Mantuvo su mirada al frente recibiendo el viento que despeinaba su pelo y sus ideas. Llegó al punto de encuentro con el lanchero, se subió a la lancha y suspiró.

—Parece que va a llover— dijo el lanchero.

—-No estoy para bromas— dijo ella. El cielo está radiante.

—Es sol de lluvia—remató él.










Postales de un viaje a Islas del Rosario, Colombia 2015
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