dormida
- laorianavirtual
- 21 feb 2023
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A ella le gustaban los viajes cortos pero no en avión. Le gustaban las estadías largas, pero no en la casa donde nació. Aunque esa vez fue diferente. Estaba en el aeropuerto y se tomó un taxi para ir directo a la casa de su madre. Metió las valijas en el baúl y cuando se sentó con el bolso sobre sus piernas se dio cuenta que estaba un poco dormida, aún el efecto del somnífero no se le iba del todo, no se preocupó, sabía que el trayecto era largo y en el camino se le pasaría.
—Está bien? — le preguntó el conductor. Ella asintió con la cabeza mientras bajaba las ventanas.
—Está bien?— repitió. —Si— respondió ella. Dejó de mirar el paisaje y clavo sus ojos en él. Se dio cuenta que había algo en ese señor muy parecido a su hermano. Es la forma de conducir, pensó. No, son las cejas, se corrigió.
—No me ha dicho a dónde vamos— continuó el taxista. Ella le dijo la dirección y se metió un chicle a la boca.
—Le puedo pedir uno de esos?—le preguntó él.
—Era el último— respondió ella. Perdón. Y volvió la vista a la ventana.
El celular de ella sonó, era su hermano. Hermano de sangre y nada más, él se había ido a a recorrer el país en carretera cuando ni siquiera había terminado de estudiar. Era de esas personas que no saben escuchar pero hablan hasta por los codos. Tenía la costumbre de apostar y de llamarla cada tanto para pedirle plata.
-Claro- pensó. Es eso. El conductor y mi hermano hablan sin pensar. Creen que se la saben todas. Preguntan cualquier cosa y están desubicados. Decidió no contestar. El taxista soltó una carcajada por algún comentario de la radio. -No puede ser, se ríen igual- fueron las palabras que pasaron por su mente antes de llegar al peaje. Existía la posibilidad de que el señor no le pidiera plata como lo hacía su hermano. Que ella no tuviera que pagar. Era posible que la tarifa del trayecto lo incluyera. El parecido entre esos dos hombres la perturbaba.
—Señora— dijo el taxista, tiene que pagar.
—Sí, si— dijo ella saliendo de la somnolencia.
Pagó y con el impulso de una persona a la que despiertan de golpe dijo: me volví dependiente de estas pastillas. Me ayudan a dormir. Los aviones sacan a relucir mi fobia a los espacios cerrados. Cada viaje me implica una una organización meticulosa. Vea mi gorro y mi ropa, es suave y acolchada, el desmayo no me avisa y a veces tengo que acostarme en el piso frío de los aeropuertos. Me baja la presión. En este bolso llevo una botella de agua sin gas, un poco de sal, un poco de azúcar, una cobija pequeña, de esas que dan en los vuelos largos, una almohada para el cuello, una pelota antiestrés, un antifaz para los ojos que uso cuando viajo de día, una toalla facial para secarme en caso de empezar a sudar frío, y un paquete de chicles para calmar la ansiedad.
El taxista asentía con la cabeza y alternaba su mirada entre la calle y el retrovisor. Estaba acostumbrado a que la gente hablara, no a que una mujer lo mirara tanto.
—Y ahora va para su casa? — preguntó él.
—Para la casa de mi madre— respondió. Necesito descansar antes de llegar.
Tomó un sorbo de agua y decidió recostar su cabeza en el espaldar, los párpados se hacían más pesados. Ella soñaba o recordaba -en su estado ambas cosas se confundían- algunas palabras de su madre, podía ser un flashback o la culpa en su conciencia: eres igualita a tu hermano. Lo culpas de irse pero tú hiciste lo mismo. La casa va a quedar vacía y tendrás que venir.
—Es reconfortante volver a casa— dijo él. Pero su pasajera ya había cerrado los ojos.
El conductor volvió a concentrarse en la radio, cambió la emisora y tarareó un par de canciones que se sabía. No había pasado mucho tiempo cuando ella se despertó de golpe. El chicle empezaba a deshacerse en su boca y optó tirarlo por la ventana. Se acordó de la muerte de su papá, él se fue sin avisar y como parte del duelo y de la herencia ella empezó a viajar. Le preguntó al taxista si faltaba mucho.
—Llegamos—dijo él. Se despertó justo a tiempo. Nos tocó una linda oleada de semáforos en verde.
Ella no se dio cuenta en qué momento se había quedado dormida y tampoco qué la había despertado. Le pagó lo indicado en el taxímetro y le dio un par de billetes extra. Sabía que dormirse en un taxi no era lo mismo que dormiste en un avión, no era lo más conveniente para una mujer que viajaba sola. Pese a su imprudencia el señor había sido una buena persona: le dejó bajar todas las ventanas sin problema, no la miro despectivamente cuando le mostró su bolso, no fue grosero, y además la dejó dormir.
-Que agradable mujer- pensó el señor mientras le ayudaba a bajar las valijas del baúl. Se agradecieron mutuamente y él le deseó una buena estadía. Ella avanzó y se preparó para timbrar. Se paso las manos por los ojos, y se ató el pelo.
—No es posible que el efecto de la pastilla siga activo. Debe ser el jet lag— se dijo a si misma.
Cuando timbró nadie abrió. Ella insistió pero no tuvo respuesta. Dejó sus cosas en la puerta y caminó alrededor de la casa. Su madre no podía haber salido sola, era probable que estuviera en la hora de la siesta. Un ladrido la asustó. El perro estaba tras la reja de una de las casas vecinas, los dueños no estaban.
Perdió la noción del tiempo. Agarró su bolso, sacó la cobija, la almohada, el antifaz para los ojos, tomó lo que le quedaba de agua y se sentó a esperar en la vereda.



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