La voz de la casa
- laorianavirtual
- 30 dic 2022
- 4 min de lectura
“Entonces, como un fuego olvidado, una infancia siempre puede estallar nuevamente dentro de nosotros”. Gaston Bachelard
Mi abuelo diseño la casa con la ayuda de un arquitecto, la construyeron en el corazón del pueblo, en un predio libre que estaba junto a la oficina en la que él trabajaba para ese entonces. La casa tenía dos pisos y un altillo. Estaba hecha a la medida de la familia: además de las habitaciones, la sala, el comedor, la cocina y los baños, había un patio con árboles frutales y algunas flores que medio marchitas. También estaba el estudio de carpintería de mi tía, pocas veces la vi trabajar pero cada tanto me entraba a oler los marcos de madera o sentarme en las sillas que hacia para su hija, mi prima más chica. Y aunque a mi tía no le gustaba que le tocaran sus cosas, mi presencia era una buena compañía. También los gatos vecinos se entraban y le hacían compañía, caminaban por el lugar y nunca rasguñaron ni una sola maderita, nada de daños. Pero no había espacio para los felinos y yo. Los pelos de animal callejero me producían una piquiña incontrolable en la nariz. Incontrolable también era la lengua de mi mamá cuando se tropezaba con alguna pesa o soga de mi tío que se las daba de entrenador.
—Cuándo vas a sacar lo tuyo de acá— le decía mi madre
—Cuando ahorre lo suficiente para irme, si quieres darme plata la recibo—respondía mi tío con ánimos de hacerla enojar.
—Al menos pasa la moto al garaje. Mira que el sofá huele a gasolina— añadía mi tía.
Eso era cierto, la moto hacia estorbo, pero también la bicicleta estática y la bolsa de boxeo que imprudentemente se atravesaban en la sala donde estaba el televisor.
Con esas voces de fondo, que cada tanto soltaban una carcajada o algún gruñido, mi abuelo me enseñaba los libros de abogacía. Me decía que yo sería una muy buena abogada. Pero yo me distraía tratando de abrir al menos uno de los cajones que él tenía bajo llave pero a la vista de todos en su biblioteca. -Seguramente perdió las llaves- pensaba. No debe recordar ni siquiera lo que tiene metido ahí. Pero una madrugada, en compañía de mi hermana bajamos al primer piso por galletas cuando lo vi cerrando uno de esos cajones. Nos miró sin disimular su acción, nos retó en susurro por estas despiertas a “altas horas de noche” como él decía. Nos mandó a dormir y me quede con la duda y sin las galletas.
—Qué te importa lo que guarda ahí—Me dijo mi hermana. La curiosidad mató al gato.
La miré con rabia y subí las escaleras. Me quedé largo rato masajeando mis dientes con el cepillo. Me fui a la cama pensando en los secretos de mi abuelo. No recuerdo haber dormido mucho esa noche, y fue la voz de mi abuela lo que me despertó. En un abrir y cerrar de ojos ella había cocinado para toda la casa. Cada vez más fuerte gritaba que pasaremos a la mesa, que el almuerzo estaba servido.
—No puedes servir eso así—escuché que le decían, a lo que mi abuela respondió con un grito incomprensible.
—Nos va a caer mal mamá—le dijo mi tía en un tono agudo.
—Entonces quédate sin comer— finalizó mi abuela.
Esa jauría de hienas gritando era habitual. A veces, cuando querían probar quien era la más fuerte, cada una elegía un lugar: generalmente mi mamá se hacía en el borde de la escalera defendiendo la subida al segundo piso, no quería que la discusión nos llegará a mi hermana y a mi, pero igual se escuchaba todo, las voces se cuelan por las paredes. Mi tía se hacía entre la sala y el comedor y en cualquier momento yo imaginaba que podía ir por un cuchillo o romper un plato. Mi abuela batallaba desde la puerta de su habitación que era la única que estaba en el primer piso. Ese día, no estaban distribuidas así. Bajé y pase primero por la cocina a ver cual era la algarabía por la comida, me asomé y vi en la olla una sopa anaranjada y sin olor, metí una cuchara para probar y antes de dar el sorbo mi tío dijo:-el estómago vacío hace decir cosas horribles-, asentí con la cabeza y escupí ese líquido que hubiera preferido no degustar.
Nos fuimos al comedor y ahí estaba mi abuelo sentado en la punta de la mesa con el periódico en las manos. A un un costado mi abuela, mi tía y mi prima, y al otro, mi mamá, mi hermana y dos sillas vacías para mi tío y para mi. Antes de sentarme pregunté si querían algo de tomar.
—Tomate la sopa—respondió mi abuela. Ella era la reina del lugar, la voz de la casa.
—Nadie?—repetí. La mirada de mi mamá fue fulminante.
—Me traes un poco de arroz ya que estás parada?—me preguntó mi hermana.
A ella mi mamá ni la miró. Volví a la cocina y abrí la heladera para sacar el arroz que había sobrado de la noche anterior. Encendí la hornalla y vi a mi abuela entrar.
—Ni siquiera yo pude tragar una cucharada de eso que hice—me dijo. Volcó la sopa restante de la olla en el lavaplatos y me abrazó.



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