top of page

Llegaron a mi puerta

En el balcón de mi departamento había espacio para dos personas, estaba el tender para la ropa, una mesita y dos sillas. En una de esas sillas, la que estaba menos rota, me sentaba a fumar después de llover cuando todo estaba mojado y el aire seguía húmedo. También era el momento en el que las cucarachas subían a la cocina. El agua despertaba a las mosquitas, también hacía que todo se atrasara, los semáforos se dañaban, había más accidentes, la gente estorbaba en la vereda, los gatos se metían debajo de los autos, los perros se metían en las iglesias y las arañas aparecían en mi casa. Un insecto empezó a sobrevolar la mesa, daba vueltas en si mismo, hacía ruido sin percatarse lo molesto que era, me daba asco y no pude atacarlo. Aunque el bicho no olía feo y mi lugar estaba siempre limpio, sabía que él se posaba en los sitios más desagradables. Si lo mataba iban a atacarme millones de ellos. Con otra compañía humana sería mas sencillo contra atacar. Una invasión de ellos sería mucho peor que tener que salir con el agua cayendo, las baldosas mojando mis pies, las personas pegadas a la bocina de sus autos y las mamás con sus coches caminando apuradas.


Un domingo, solo los domingos de lluvia yo pasaba la tarde en mi balcón, sonó el timbre tan fuerte que me sentí en compañía. Aparté la vista de esa criatura sucia que parecía flotar en el ambiente. No pueden ser los que siempre timbran preguntando si tengo ropa para regalar, pensé. Puede ser mi ex, pero no, hubiera llamado. Además no tendría sentido su visita. Volví la vista al insecto vertebrado, no sabía a cuál especie pertenecía. En realidad nunca me había ocupado de saber más que el nombre de los bichos que convivían conmigo. Había desarrollado un oído hábil para escuchar el zumbido de los mosquitos y con una palmada atraparlos en mis manos sin pensar en su familia. A los cadáveres de las cucarachas que morían por el veneno que ponía estratégicamente no los enterraba. A las arañas si les tenía respeto, me habían dicho que matarlas hacía que sus huevos con crias se esparcieran por el lugar.

El timbre volvió a sonar. Me desconcerté. Si atendía el portero y se daban cuenta que solo vivía yo era peligroso. Igual ya lo saben, pensé. El balcón sobre la avenida me dejaba a la vista de todos. La gente que te timbra un domingo debe ser pariente de los bichos sin hábitat. Los bichos no son animales. En el campo también había insectos voladores, pero bastaba una vela encendida para que se fueran, y esa técnica en la ciudad era inútil.


—Si?— pregunté por el portero y nadie respondió.

Volví corriendo a mi balcón y me encerré. Asomé la cabeza y entre la miopía y la altura no alcancé a distinguir a nadie sospechoso. Mi problema había empezado hace tiempo, me acostumbré a que mis ojos miraban sin ver. Solía quitarme las gafas cada tanto para no detallar a los cuerpitos peludos y con antenas que pasaban por el piso. Además mi vista, mi nariz y mis orejas descansaban. Decidí apoyarme en la baranda y encender otro cigarrillo. No quería fumar más, pero sabía que mi cuerpo oliendo a nicotina ahuyentaba a las mosquitas, y en esos días inestables cuando se pasa de una estación a otra y llueve es preferible oler a cigarrillo que tener ronchas por toda la piel.


—También le timbraron? —le pregunté a una vecina que recién salía a su balcón.

Por respeto, pese a la cercanía de nuestros balcones y la poca privacidad con la que se vivía en ese edificio, solía no hablarle si ella no iniciaba la conversación, pero ese día no me aguanté.

—Mi timbre lleva tiempo dañado— me respondió y volvió la vista al cielo.

La vecina era una persona mayor y para mi gusto bastante silenciosa.


—Y los insectos no le molestan?—pregunté.

— Es la época, ya se van a ir— dijo sin mirarme.

Mi timbré volvió a sonar con violencia. Le di la última pitada al cigarro y agarré la silla para defenderme, agarrar un cuchillo hubiera sido un montón y no servía para enfrentar a un enjambre. No iba a levantar el portero para que me ignoraran de vuelta. Entré a mi habitación, me puse impermeable, botas y bajé.

—Usted era el que estaba timbrando? —Le pregunté al encargado del edificio, y recibí un no como respuesta.



Atravesé la puerta, el silencio de la calle me aturdió y me arrepentí de haber dejado mis gafas en el balcón.










Lluvia citadina en Buenos Aires, Argentina 2022
Lluvia en Capital Federal - Buenos Aires, Argentina 2022

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


¡Gracias por estar acá!

©2020 por Escribir es ir.. Creada con Wix.com

bottom of page